domingo, 20 de octubre de 2013

Michoacán: ¿hacia la supresión de las normales?



            A un año de la intervención policíaca en las normales rurales de Tiripetío, Cherán y Arteaga, el conflicto entre estudiantes y autoridades pareció reeditarse a principios de la semana. Pero esta vez, en el contexto de la reciente aprobación de las leyes secundarias de la reforma educativa, la cuestión ha adquirido tintes en los que vale la pena detenerse con cuidado. Surgen ahora, en octubre de 2013, voces que se pronuncian con toda claridad por la desaparición de los centros de formación para los futuros docentes.

            Un breve resumen de los hechos. El sábado 12  jóvenes de la Normal Rural “Vasco de Quiroga” (Tiripetío) retuvieron alrededor de 14 autobuses; de acuerdo con sus voceros, los estudiantes demandaban el cumplimiento de acuerdos relativos al préstamo –por parte del gobierno del Estado- de camiones destinados al traslado a otras normales del país para participar en diversos eventos culturales y académicos. Ante el incumplimiento de los presuntos acuerdos, los normalistas recurrieron a aquella ya conocida táctica. La respuesta de las autoridades fue un cerco policíaco a las instalaciones de Tiripetío, lo cual –a un año del 15 de octubre de 2012- no resultaba exactamente tranquilizador. Durante el domingo 13 y el lunes 14, diversos actores políticos se pronunciaron en torno a la situación. El Partido de la Revolución Democrática retomó el discurso del diálogo y el acuerdo. Pero el Partido Acción Nacional –por medio de su dirigente en el estado- partió plaza  proponiendo el cierre de la normal de Tiripetío. Las razones esgrimidas tenían que ver con el hecho de que, en la perspectiva del PAN, Tiripetío se ha convertido en una especie de nido de “delincuentes”.

            A la posición de Acción Nacional se sumó Sarbelio Molina, antiguo dirigente magisterial y ahora diputado local por Nueva Alianza. El legislador aludió al hecho de que la demanda profesoral está relativamente cubierta en el estado. Y apuntó, tal vez involuntariamente, a uno de los núcleos del problema general: en el marco de la reforma educativa impulsada por Enrique Peña Nieto, se espera una oferta de tan solo 100 puestos de trabajo nuevos en el rubro. Esto implicaría que más de mil egresados de las normales estatales quedarían, inevitablemente, fuera del proceso de selección contemplado ahora en la Constitución, en la Ley General de Educación, en la Ley del Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación y en la Ley General del Servicio Profesional Docente. Sobre este detalle habrá que volver más adelante.

            Molina, sin embargo, matizó al hablar de un cierre temporal de las normales, “por dos o tres ciclos”. Mientras tanto, estudiantes de la Escuela Normal Superior y de la Normal de Educadoras marcharon el mismo día lunes por el centro de Morelia, en demanda de una audiencia con representantes del gobierno. Aunque aclararon que su movilización era independiente de la de Tiripetío, los voceros de los jóvenes señalaron que mantendrían comunicación con sus compañeros de la “Vasco de Quiroga”. Y enfatizaron que el motivo de la marcha tenía que ver con demandas de infraestructura, recursos económicos en general y regularización del personal docente. En algún caso, según se dijo, hacía falta a estas alturas asignar profesores para impartirles clases.

            La tensión aumentó el martes 15. Los estudiantes de Tiripetío fueron esta vez quienes marcharon por la ciudad, provocando el cierre de establecimientos comerciales del centro histórico y, según versiones, algunos daños físicos. La intención era conmemorar la intervención policíaca del año pasado. En respuesta el secretario de gobierno Jaime Mares advirtió de la existencia de averiguaciones previas por presuntos delitos, presentadas por los dueños de las líneas de transporte. Por otra parte, el funcionario invitó a los morelianos a ofrecer evidencias fotográficas o de algún otro tipo para integrar otras averiguaciones, dirigidas ahora a perseguir delitos por daño patrimonial en la ciudad. Mientras tanto, la central de autobuses de la capital michoacana interrumpió por algunas horas su servicio.

            El miércoles 16 las cosas llegaron a su punto culminante. El gobernador Jesús Reyna, en persona, habló de “recuperar el control” de las normales e incluso advirtió acerca de un eventual cierre, esta vez por el plazo de un año. Los estudiantes respondieron horas más tarde indicando que no cederían a la presión. Sin embargo, en las últimas horas del día fueron liberados los autobuses retenidos. Mientras tanto, la Comisión Estatal de Derechos Humanos entró en el debate, pronunciándose… por la aplicación del estado de derecho. Así, los bandos en disputa implicaban por una parte a normalistas tanto rurales como urbanos, y por la otra al PAN, a Nueva Alianza, al gobierno del estado y a la propia CEDH. El PRD mantenía su postura conciliadora, si bien de manera tibia.

A partir del jueves, las cosas entraron en una fase de aparente calma. Sin embargo, las cuestiones de fondo siguen presentes y es momento de prestarles la atención debida. En primer lugar, los normalistas –especialmente los de Tiripetío- recurren a las viejas tácticas que generan con cierta facilidad el rechazo de otros sectores. Cabe preguntar si tiene sentido mantener esas formas de lucha en favor de demandas que, como se verá en seguida, tienen un fondo de legitimidad al cual habría que atender. Pero es claro que la toma de camiones y las manifestaciones que amenazan con salirse de control propician un clima favorable a la represión directa, que a su vez buscaría legitimarse en las demandas de empresarios y comerciantes, pero también de la población moreliana en general. Y es que esta última, por una parte, ve afectada sus actividades cotidianas por los cierres de calles y el miedo que flota en la ciudad cuando los helicópteros de la policía la sobrevuelan y por las avenidas transitan tantos muchachos gritando consignas. Pero por otro lado, esa misma población moreliana es un blanco bastante fácil para la manipulación mediática que, en estos tiempos de vuelta del PRI al poder, se deja sentir con fuerza en la radio, la televisión y la prensa locales –incluso más que en los nacionales.

            Cabría preguntar, pero eso tendrían que responderlo los mismos normalistas, si su apuesta política pasa sólo por la alianza de sectores no urbanos. A pesar del silencio de los medios, es un hecho que los normalistas cuentan con el apoyo de algunas comunidades rurales en donde realizan un trabajo social importante del cual poco se habla. ¿Se trata de una estrategia que terminaría por enfrentar al campo con la ciudad? Si es así, convendría llamar a la reflexión y hacer notar que una alianza más amplia, que incluyera a las clases bajas y medias de las ciudades, conduciría a la adquisición de una fuerza política bastante considerable, capaz de alcanzar importantes objetivos por vías no violentas. Pero por lo pronto, el enfrentamiento con los habitantes de la ciudad  favorece a la táctica del desprestigio orquestada seguramente desde el gobierno y expresada en buena parte de los medios de comunicación.
            Pero ahora hay que tocar los temas estructurales y más graves. El marco de las reformas en materia de educación arrastra una consecuencia gravísima.  En pleno inicio del siglo XXI, hay muchos jóvenes en el medio rural –y, en menor proporción, en el urbano- que siguen viendo en la carrera magisterial la única vía para intentar ascender socialmente a partir de condiciones más bien desesperadas. Está eso, o la cada vez más complicada migración hacia el norte, o el ingreso a las filas de la delincuencia. Y no mucho más. Si fuera cierto –cosa la cual no queda clara- que la demanda de nuevos profesores ha disminuido en el país y en Michoacán, la medida razonable por parte de cualquier gobierno sería procurar las condiciones de justicia que impidieran la concentración de jóvenes en un solo ámbito profesional. Por desgracia, tal como se ha implementado, la reforma educativa de Peña Nieto cierra oportunidades de trabajo sin preocuparse por crear alternativas. Y no debe perderse de vista, hay que repetirlo, que no queda claro si efectivamente la demanda de profesores es menor hoy día que antes –como sostiene el diputado Molina.

            En otras palabras. El problema de las normales –sobre todo en el ámbito rural- tiene raíces tan profundas en la economía y la sociedad mexicanas que debe tomársele como un síntoma de dificultades que deben ser atendidas con urgencia. ¿Quién, que lo piense serenamente, podrá culpar a los jóvenes de llegar a extremos desesperados cuando la vida en su propio país no les ofrece mucho más? Al margen de la calidad y la moralidad de los líderes, un tema al cual parece volverse cada vez que se toca la cuestión, hay que considerar que ningún dirigente espurio –en el caso de que los hubiera- prosperaría en un país más justo y equitativo. El problema de las normales rurales está, en realidad, mucho más allá de las normales. Está en el país mismo y en las condiciones que le impone a los jóvenes más desfavorecidos… que son muchos.

            El gobierno es quien carga con la principal responsabilidad, en tanto que a él conciernen las políticas públicas que tendrían que atacar aquellas raíces. Pero por lo visto esta semana en Michoacán, pareciera que la apuesta es por la represión legitimada por un presunto deseo social de orden y paz. Sin embargo, no hay que perder de vista que no es toda la sociedad, sino sólo los sectores urbanos y ciertos políticos profesionales, quienes entran en el juego del linchamiento mediático. El error de cálculo puede resultar muy caro: el cierre de las normales equivaldría, en última instancia, a tapar la válvula por la que escapa buena parte de la presión de la olla a punto de estallar. Y es la olla la que debe enfriarse.


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