El
movimiento de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE)
en contra de la llamada “Reforma Educativa” arroja un poco de luz sobre algunas
de las más terribles deficiencias de la vida política en México. Esas deficiencias
tienen que ver con una transición hacia la democracia que nunca se llevó a cabo
del todo. Tal hecho es, en buena medida, la causa de que algunos de nuestros
fantasmas más terribles parezcan estar de vuelta hoy día, si bien en un
escenario distinto al del México de la mayor parte del siglo XX. La
coexistencia de esos viejos fantasmas y de ese escenario relativamente nuevo
provoca un nivel de incertidumbre bastante alto respecto a lo que nos espera en
el futuro inmediato.
La
transición no se consumó, como pudo pensarse en su momento, cuando en 1997 el
Partido Revolucionario Institucional (PRI) perdió la mayoría absoluta en la
Cámara de Diputados. Ni siquiera llegó a su término en el año 2000, cuando
Vicente Fox alcanzó la presidencia, derrotando por primera vez en ese terreno
al partido cuasieterno que se decía heredero de la revolución de 1910. Ni los
diputados opositores del 97 ni menos todavía los gobiernos de Acción Nacional
hicieron mayor cosa por desmontar una de las bases más efectivas del poder
político del PRI: la estructura corporativista del estado. A pesar de las
reformas monetaristas de Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo –reformas
“neoliberales”, que implicarían un adelgazamiento del aparato estatal sobre la
vida económica- ese control político no decreció ni un ápice. Por el contrario:
tal parecía que ambos presidentes –aunque cada uno a su manera- requería del
amplísimo margen de maniobra característico del presidencialismo
postrevolucionario para llevar a cabo sus proyectos de transformación
económica. Pues bien: llegado el momento, la oposición en el poder –en el
legislativo o en el ejecutivo- permitió que esa estructura subsistiera. Sobra
decir que el corporativismo priísta jugó un papel decisivo en el triunfo de
Enrique Peña Nieto en el 2012.
Pero,
más allá de este fenómeno relativamente “visible”, hay otros factores que
explican la perdurabilidad de los viejos fantasmas del régimen del PRI.
Educados y formados durante los más de setenta años de gobiernos “revolucionarios”,
buena parte de los mexicanos y las mexicanas de hoy día no conocieron nunca
otra manera de vivir que el sometimiento al amo espectral que, al menos,
parecía garantizar el orden social del país. No ofrecería dificultad alguna
encontrar que ese “orden social” fue una
gigantesca ilusión. La oposición política siempre fue tolerada hasta cierto
punto, más allá del cual el estado del PRI no dudaba en mostrar su rostro más
cruel, el de la represión autoritaria. Los múltiples movimientos políticos y
sociales pisoteados violentamente, desde los vasconcelistas de 1929 y 1930
hasta los muertos de Acteal, dan crudo testimonio de ello. Y, sin embargo,
pareciera para buena parte de nosotros que es mejor aferrarse al amo espectral
que permitir que el desorden que implicaría el cambio social profundo se
apoderase del país.
Otro
efecto del orden del PRI es una suerte de aprendizaje político del cual, por
desgracia, pueden constatarse los lamentables efectos. La oposición política
más o menos real –Acción Nacional y el Partido de la Revolución Democrática- o
más o menos simulada –los múltiples pequeños partidos siempre o casi siempre
aliados del PRI, como el presuntamente “Verde” o el engendro monstruoso
denominado “Nueva Alianza”- ha, desde hace tiempo, copiado los modos y las
formas propias de la política priísta, convirtiéndose en tristes remedos del
gran amo del corporativismo, del voto comprado y de la transa electoral. Pero
todos esos partidos se han revelado también como patéticos imitadores del PRI
en el gobierno, impidiendo que se pueda hablar algún tipo de beneficio político
real cuando llegan al poder y se hacen cargo de los asuntos públicos. El caso
de los gobiernos del PRD y de Acción Nacional en los estados, o de esta última
organización a nivel nacional, es perfectamente ilustrativo.
La
transitio interrupta hacia la
democracia se explica, entonces, al menos a partir de dos órdenes de factores
distintos. Por una parte se echa de ver cómo los legisladores del 97 y los
presidentes del 2000 al 2013 dejaron “ir viva” a la estructura del PRI. Esa
estructura siempre estuvo ahí, se convirtió en poder fáctico y ahora está de
vuelta en el poder constitucional. Pero
por otro lado, el PRI configuró a tal grado la manera de entender la política
en México que ahora el gran reto es despojarse de ese “pequeño PRI” que parece
habitar en la cabeza de todos nosotros, y no sólo de la clase política. Hemos
sido constituidos como sujetos políticos al estilo del PRI, y será labor de más
de una generación quitarnos de encima algo tan terrible, tan opresivo y que sin
embargo es parte de lo que somos hoy día.
En
estos días uno de los viejos enemigos del sistema político del PRI y que sin embargo ha nacido en su propio seno
–la CNTE- lleva su rebelión a la Ciudad de México. No es exacto asumir sin más
que el viejo corporativismo se enfrenta al reformismo de la clase política. Más
bien hay que decir que el viejo rival del corporativismo priísta, al cual
ciertamente pueden achacársele vicios similares al de su matriz pero nunca al mismo grado, aparece en la
escena. Y aparece en la escena también el descendiente del mítico cuerpo de
granaderos de 1968: la Policía Federal, instrumento ineficaz para la lucha en
contra del crimen pero siempre útil y presto para la represión política. La
incertidumbre resulta de que el escenario es el que ha cambiado: ahora el PRI
ha tenido que regresar a la presidencia en medio de elecciones más que
cuestionadas, y frente a una sociedad que al menos tiene claro que el antiguo
dinosaurio no es invencible ni necesariamente eterno. Pero esa sociedad no es
homogénea: una parte de ella se resiste, mientras que la otra parece desear
justo aquello que no deja de oprimirla con fuerza -tal como la reforma hacendaria ahora permite
ver. El resultado de este momento más bien caótico es, por definición,
impredecible.
Una
última palabra. Decir que la CNTE debe reformarse para democratizar sus
prácticas sindicales y para abrirse al diálogo con otras fuerzas de la
oposición es apenas decir una obviedad. Pero no deja de ser curiosa la
situación: el PRI vuelve por sus fueros mostrando su rostro más oscuro -el de la
represión y el autoritarismo- y hay quien aplaude lo que llaman un “acto de
autoridad”. Muchos de nosotros, mientras tanto, no asumimos aún que el
verdadero problema no está en los maestros y maestras que ocupan la plancha del
Zócalo, son barridos de ella y ahora anuncian que volverán. El problema está en
el modo de ser de una nación entera, construido antes del nacimiento de la
mayor parte de nosotros y que nos ha hecho aferrarnos desesperadamente a lo que
nos sujeta con tanta fuerza y crueldad. Argumento por analogía: usted tiene
cáncer y uno de los síntomas es un salpullido. ¿Hay que preocuparse, en primer
lugar y casi exclusivamente, del salpullido?
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