domingo, 1 de diciembre de 2013

Los tentáculos: ¿hasta dónde?



            Luisa María Calderón, senadora por Michoacán y antigua candidata del Partido Acción Nacional (PAN) a la gubernatura de aquel estado, estremeció a la opinión pública el pasado 21 de noviembre. Fue ese día que reveló datos y detalles acerca de una presunta reunión entre miembros de Los Caballeros Templarios y un grupo de legisladores en el propio Senado de la República. La extraña comitiva recibida por Cocoa, Omar Fayad Meneses, Raúl Morón y Rocío Pineda Gochi –tal vez entre otros- se habría identificado como parte de la asociación “Michoacanos, paz y dignidad”. Dicha asociación, de acuerdo con Cocoa -pero también con otras voces, como el sitio de Facebook “Valor por Michoacán”- estaría vinculada a aquella mafia. La reunión habría ocurrido el día 17 de octubre.

            La respuesta vino por donde no se le esperaba: el miércoles 27, mediante un video en el sitio YouTube, Servando Gómez La Tuta, líder de los Templarios, aseguró que fue más bien un representante de Luisa María Calderón quien intentó negociar con ellos en 2011. Según La Tuta, un hombre llamado Francisco Girón del Toro habría sido el negociador nombrado por la entonces candidata del PAN. El dirigente templario lo habría despachado sin acuerdo alguno. El detalle que viene al caso es que La Tuta afirma ahí que fue Cocoa y nadie más quien procuró el apoyo de los mafiosos.

            La réplica de Cocoa y del PAN sólo requirió unas cuantas horas. Esa misma tarde el presidente del partido y la senadora declararon en rueda de prensa que el video de YouTube debía interpretarse como una amenaza, y que contenía datos de los cuales tendrían que tomar nota las autoridades competentes. En fin, toda esta historia es sólo el último eslabón de una serie de hechos inquietantes que llevan a preguntarse acerca de los alcances de los tentáculos del crimen organizado en Michoacán y en México entero. ¿Hasta dónde llega la capacidad de infiltración de los delincuentes? ¿Qué autoridades o políticos se han visto involucrados realmente con ellos? ¿Cómo puede esperarse que esas autoridades combatan eficazmente a quienes tal vez sean sus propios aliados? La clase política de Michoacán –y de México- es la que debe aclarar estas interrogantes mediante acciones que restauren la confianza en las instituciones, y no ya con discursos y declaraciones a la prensa. Pero, ¿cabe esperar semejante cosa, al menos en el futuro próximo?


Reuniones en la sierra.

            Entre el 19 y el 22 de noviembre, Ciro Gómez Leyva publicó en Milenio una serie de artículos basados en un informe de inteligencia hecho llegar al secretario de Seguridad Pública de Michoacán. En él se relataría que un grupo de miembros del Partido Revolucionario Institucional se habría reunido, poco antes del inicio de las campañas electorales de 2011, con parte de la plana mayor de Los Caballeros Templarios. La reunión habría tenido lugar en Tumbiscatío, y más precisamente en un rancho de la serranía. Y el grupo de priístas habría sido encabezado ni más ni menos que por Jesús Reyna, entonces prospecto para coordinar la campaña –eventualmente victoriosa- de Fausto Vallejo y actual secretario de Gobierno, así como gobernador interino durante cerca de nueve meses en el 2013.

            Del lado de los Templarios habría asistido Saúl Solís El Lince, detenido hacia finales del mismo 2011, así como el presuntamente difunto Nazario Moreno El Chayo, El Doctor o El Más Loco, y La Tuta en persona. Según los artículos de Gómez Leyva, el tema de la reunión habría sido el apoyo que los “Templarios” brindarían a la campaña de Fausto Vallejo. Las negociaciones habrían continuado en octubre de ese año, ya con la campaña en marcha. Alguno de los acuerdos de la reunión consistiría en que Reyna ocupase la Secretaría de Gobierno… y eventualmente la gubernatura, en caso de ausencia de Vallejo.

            Como era de esperarse, las notas de Milenio recibieron el correspondiente desmentido por parte del antiguo titular de Seguridad Pública en Michoacán, Elías Álvarez, y también –indirectamente- por parte de Jesús Reyna, nuevamente secretario de Gobierno ante el regreso de Vallejo al poder. Pero a duras penas se apagaba el revuelo cuando Cocoa daba a conocer la insólita reunión en el Senado. Eso coloca en perspectiva el video de La Tuta. ¿Por qué el interés de los Templarios por entrar en la liza y enfatizar que sólo Cocoa los buscó en el 2011?


Mantas en los puentes

            El sitio electrónico  Changoonga tomó nota de ese detalle y encontró en sus archivos un reportaje del 29 de noviembre de 2012. El reportaje en cuestión informaba acerca de la aparición de “narcomantas” en Zitácuaro, Morelia y Salamanca (Guanajuato), las cuales estaban firmadas por “Los Caballeros Templarios Guardia Michoacana”, y dirigidas… ¡a Fausto Vallejo, ya para entonces gobernador! En las mantas se recordaba el apoyo que la organización criminal habría prestado a la campaña de Vallejo, y se reclamaría –en el ambiguo tono “amistoso” característico de los Templarios- la falta de cumplimiento de los acuerdos… ¿de cuáles acuerdos?

            La Tuta no recordó ese evento al hablar del presunto encuentro con el enviado de Luisa María Calderón. Por desgracia, la nota de hace un año guarda una coherencia inquietante con el informe –desmentido y todo- que diera a conocer Gómez Leyva en Milenio hace unos días. ¿Qué pueden hacer las autoridades actuales de Michoacán para deslindarse de semejante situación? La pregunta queda en el aire.

            Pero el mensaje de las “narcomantas” del 2012 incluye otras afirmaciones peligrosas. Entre los temas que se le recuerdan al destinatario Vallejo, está la colusión de los grupos delincuenciales –primero La Familia y después los propios Templarios- con lo que ahí se llama “las últimas tres generaciones de gobernantes”. Esa expresión, también bastante ambigua, podría referirse a las administraciones de Lázaro Cárdenas Batel, Leonel Godoy y la del propio Fausto, o bien a las de Víctor Manuel Tinoco Rubí, la de Cárdenas y la de Godoy. En todo caso, hay dos gobiernos emanados del Partido de la Revolución Democrática (PRD) cuya complicidad se insinúa –el de Cárdenas y el de Godoy. Con esto, a la luz de la tormenta  de acusaciones de los últimos días de este noviembre, resultaría que la clase política entera está enredada en el asunto… al menos a nivel de los dimes y diretes. 
El pasado que aún golpea

            En las ediciones de Proceso del 3 y el 10 de noviembre, la valiente reportera Anabel Hernández hizo un recuento de acontecimientos a partir de 2002. Un informe de la Procuraduría General de la República (PGR), inédito hasta ese momento, daría cuenta de una reunión más, esta vez entre catorce presidentes municipales michoacanos electos para el periodo 2008 – 2011 y la delincuencia organizada. La reunión habría tenido como objeto el cobro de favores realizados durante las –entonces- recientes campañas.

            Pero el informe abarca otros hechos. Los antecedentes de la actual situación se remontarían, como se ha dicho ya, hasta el 2002 –año del inicio del gobierno de Cárdenas Batel. Fue a partir de entonces que el territorio michoacano se convirtió en campo de batalla entre escisiones del Cártel del Golfo, y específicamente entre el grupo local La Empresa y los tristemente célebres Zetas. Más adelante, en el 2006, La Empresa se convirtió en La Familia Michoacana, una organización caracterizada –siempre según el informe de la PGR- por su capacidad de establecer redes de protección en las cuales se involucrarían autoridades de los niveles estatal y municipal. Todavía más adelante, la capacidad de cooptación de La Familia sería heredada por Los Caballeros Templarios, surgidos como la escisión mayoritaria del antiguo cártel en 2011 –año del inicio del gobierno de Fausto Vallejo. El panorama no luce alentador para  Michoacán, pues pareciera que no hay partido político que esté libre de sospecha.

            La triste conclusión es que las autoridades locales no tienen, sencillamente, capacidad de acción ante grupos que, al menos por lo que parece, habrían encontrado la manera de meterse por todos lados. Pero entonces, ¿cabría esperar que la solución provenga del gobierno federal? Esta parte de la historia también es recordada por Anabel Hernández.

            Ya en su libro Los señores del narco (Grijalbo – Mondadori, 2010), Hernández daba cuenta de las fuertes sospechas que se cernían ni más ni menos que sobre el secretario de Seguridad Pública de Felipe Calderón, Genaro García Luna. Pero en el reportaje del 10 de noviembre el abanico de sospechas a nivel federal se vuelve más amplio. Ahí se habla de cómo un legislador (que prefirió guardar el anonimato) entregó en 2006 a José Luis Santiago Vasconcelos un documento elaborado por ciudadanos michoacanos ya entonces desesperados. Santiago Vasconcelos era el titular de la Suprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada (SIEDO) y murió tres años más tarde: él viajaba en el avión de Juan Camilo Mouriño, el segundo secretario de Gobernación de Calderón.

            ¿Qué contenía el documento? Ni más ni menos que información acerca de domicilios y hasta teléfonos de miembros de la delincuencia organizada en Michoacán. Por ejemplo, se hablaba ahí de las casas de seguridad del Chayo Moreno en Morelia, algunas de ellas situadas en exclusivos fraccionamientos residenciales. También se daba cuenta de los inmuebles de La Tuta en la población de Arteaga. Y varios otros datos que al menos merecían una investigación preliminar. Santiago Vasconcelos, quien luego sería conspicuo rival de García Luna en el sexenio calderonista, se negó a recibir el texto. La pregunta es, desde luego, por qué. Anabel Hernández sencillamente añade la inferencia obvia: si se hubiese prestado atención al documento de aquel entonces, se habría evitado en parte la situación que actualmente azota al estado.

            La actitud de Santiago Vasconcelos, así como las sospechas sobre García Luna –que merecen una exposición aparte- arrojan sombras al más alto nivel. Ciertamente tendría que reconocerse que Hernández y el anónimo legislador que le sirve de fuente tienen razón: una acción preventiva en el 2006 –todavía durante el gobierno de Vicente Fox- habría influido en algún sentido, acaso favorable, sobre el destino de Michoacán y del país. Pero eso no ocurrió. El problema es que el panorama que se sigue de todo esto es tenebroso: voltear a ver a la autoridad federal no tiene por qué resultar una esperanza para los habitantes del sufrido estado. Y la actual administración, encabezada por Enrique Peña Nieto, ha seguido hasta ahora una “estrategia” más parecida a la del avestruz que oculta la cabeza que a otra cosa.

            No será fácil restaurar la confianza en la clase política después de todo esto. Basta el ambiente generalizado de sospecha para poner en entredicho cualquier cosa que los miembros de los partidos –o los gobernantes en general- declaren o hagan. El problema de la delincuencia y la violencia en Michoacán parece cada vez más un asunto de cirugía mayor. Pero, al parecer, tendría que ser el propio Estado mexicano el que se someta a ella, no sólo tal o tal municipio o tal o tal entidad federativa. 



 Las notas en la prensa mexicana: