lunes, 2 de abril de 2012

TIRIPETÍO Y TODOS NUESTROS FANTASMAS (SEGUNDA PARTE)


            Entre el 9 y el 16 de marzo de 2012, los acontecimientos relacionados con la Escuela Normal Rural “Vasco de Quiroga” de Tiripetío pusieron a prueba la capacidad de la política para dar cauce a las demandas de los diferentes sectores de la población. Pero también convocaron a los viejos fantasmas que rondan nuestra historia.

            Del lado de la izquierda que podría llamarse “social”, distinta a la partidista, el fantasma de la confrontación violenta sin esperanzas de éxito flotó sobre la Escuela Normal que hereda la tradición  del primer centro universitario del continente. A través de las protestas de los jóvenes estudiantes hablaron de nuevo las voces de la pobreza del campo, algunos de cuyos hijos e hijas encuentran aún en la carrera magisterial una frágil promesa de ascenso social y económico. Pero esas demandas no hallaron la manera de vincularse con las de los habitantes de la ciudad; por el contrario, la confrontación entre la Normal y las autoridades se convirtió por momentos en un choque de intereses entre los estudiantes y los trabajadores urbanos que fueron afectados directamente por aquéllos. Además, se estuvo a minutos de un desenlace sangriento del cual los mismos normalistas serían indudablemente las primeras víctimas.

            Pero si esto puede decirse de los manifestantes, mucho más grande es el peso que recae sobre los hombros de las autoridades. El nuevo gobierno estatal mostró primero su incapacidad para hacer frente a viejos problemas; después, se encontró sencillamente rebasado por las circunstancias. El fantasma de la represión violenta, efectuada por medios particularmente duros, también flotó sobre la carretera Morelia – Pátzcuaro. Pero más allá del poco honroso papel reservado a Fausto Vallejo y sus funcionarios, queda también la duda acerca del alcance de la participación del gobierno federal en los eventos. La presencia de la Policía Federal y del propio ejército en las inmediaciones de Tiripetío arroja dudas razonables acerca de quién o quiénes estaban efectivamente al frente de una operación que, de haberse consumado, terminaría con la ocupación del centro de estudios tras un combate desigual.   

            Y, por si fuera poco, otros espectros aparecieron en aquellos días. Algunos medios de comunicación y cierta parte de la sociedad contribuyeron a crear un ambiente que justificaría, en su caso, la acción policíaca y militar que por fortuna no llegó a realizarse. La sociedad fragmentada por la crisis de la economía y de la política se dividió aún más, acercando la tensión al punto de la ruptura. No cuesta trabajo imaginar que varios habrían aplaudido las terribles consecuencias de la decisión que no llegó. La incapacidad de muchos sectores urbanos para entender que la autoridad debe ejercerse de acuerdo con las disposiciones legales y nunca al margen de ellas es uno de los signos más preocupantes de los días pasados. El aprecio por el arte de la buena política, en todo esto, brilla por su ausencia.



II. NORMALISTAS. LOS MEDIOS Y LOS FINES.

Luchas ambivalentes.

            Desde hace años, los estudiantes de la Escuela Normal Rural “Vasco de Quiroga” han efectuado acciones polémicas en defensa de lo que ellos y ellas consideran sus derechos. Alguna ha derivado en violencia pura y dura. ¿Qué tanta legitimidad conservan esas acciones cuando los medios elegidos ponen en riesgo la seguridad y la integridad personal de todo mundo, comenzando por los propios normalistas?

            Muchas veces se olvida, al juzgar a los alumnos y alumnas de Tiripetío, que las condiciones de pobreza y desigualdad del país son escandalosas. No debe perderse de vista que muchas familias del campo, el sector más desdichado de la historia de México, miran con esperanza el que un hijo o hija se inscriba en las filas del magisterio. ¿Por qué? Porque el sueldo seguro y las prestaciones aparejadas a dicha carrera constituyen toda una promesa no sólo para el joven o la muchacha, sino para la familia entera. Eso explica el atractivo que las normales rurales ejercen sobre una parte de la población que permanece invisible para las clases medias y olvidada para los gobernantes.

            Pero hay algo más: la educación, a pesar de todo lo que se diga, sigue siendo la gran asignatura pendiente de un país que lleva doscientos años sin conseguir siquiera aproximarse a condiciones de justicia social y equidad. Quienes abogan por la desaparición de las normales rurales –porque hay quien lo hace abiertamente- no parecen tomar en cuenta que de ahí surgen los profesores y profesoras que en principio están destinados a los rincones más necesitados del país. Desde luego, esto no significa que las normales rurales    -al igual que todo el sistema educativo- no deban someterse a profundas revisiones y reformas. Pero esas revisiones y esas reformas no pueden realizarse sin atender a las condiciones del campo. Las tensiones sociales que derivan, por ejemplo, en el auge del crimen organizado, se explican en buena medida por la increíble capacidad de los sectores medios y altos para ignorar el tipo de realidad que los circunda, y especialmente por la negligencia y la inoperancia de quienes detentan el poder político.

            Sin embargo, la pregunta ahora es si la legitimidad de fondo que acompaña a quienes desean sencillamente una mejoría en sus condiciones de vida los autoriza para elegir medios de lucha que los enfrentan a otros sectores de la sociedad que también son desfavorecidos –como quienes se ven afectados por un bloqueo carretero o por un plantón en las calles de Morelia. Y más todavía: ¿cuál es el objeto de apropiarse, no se diga de unidades de transporte, sino de pipas de combustible que pueden provocar una tragedia tan solo con ser manejadas de manera inadecuada, sin pensar en lo que ocurriría en medio de un enfrentamiento? No vale la pena poner en riesgo a otras personas; definitivamente no vale la pena arriesgar la propia vida en aras de una serie de demandas que tendrían que defenderse pero no a ese precio.

            Por otra parte, los jóvenes normalistas no debieran olvidar que una cosa son las legítimas necesidades de la educación y otra cosa el juego de intereses en medio del cual suelen verse involucrados. Las decisiones tomadas en vista de una coyuntura –el cambio de gobierno en Michoacán- tendrían que contemplar, desde luego, cualquier tipo de compromiso asumido por la autoridad sin importar el color partidista que ocupe el poder ejecutivo. Pero también tendrían que considerar que, en medio del estira y afloja de facciones de diversa naturaleza, la Normal de Tiripetío corre el riesgo de convertirse en la moneda de cambio que permita a grupos antagónicos llegar a acuerdos entre ellos. Y no debe descartarse la terrible posibilidad de que un gobierno cuestionado en su origen y frágil en su posición frente al poder federal y frente a sus propios gobernados ofrezca la cabeza de los normalistas como prueba de su “decisión” para aplicar lo que a veces se llama “estado de derecho”. Respecto a esta última posibilidad, habrá que decir que la historia tal vez apenas comienza.



Normal Rural "Vasco de Quiroga". Foto: Contralínea.


¿El campo contra la ciudad?

            Más allá de los eventos de la semana que corrió del 9 al 16 de marzo, los estudiantes de Tiripetío tienen ante sí un problema político de alcances estructurales. Al menos en el discurso, ellos y ellas hablan de la defensa de la educación pública e incluso entran en confrontación directa no solamente con un gobierno en particular sino con la manera de operar del estado mexicano. Éstas son definitivamente demandas de alcance general que apuntan hacia condiciones de justicia que tendrían que beneficiar a la población íntegra, y no sólo a los habitantes de las zonas rurales. Claro está que, en los hechos, lo que suele negociarse a final de cuentas son demandas mucho muy específicas relativas al presupuesto de la Normal misma o a cosas parecidas. Al margen de la calidad moral de los dirigentes      –factor que no es el punto clave de la cuestión- lo que puede inferirse es que la Normal sencillamente lucha por su supervivencia cotidiana. Pero el discurso general de los jóvenes estudiantes está ahí, y habla de justicia social más allá de las carencias y adversidades que haya que enfrentar en un momento determinado u otro.

            El problema estructural es el siguiente: ¿hay o no manera de articular las demandas del campo –encarnadas en los estudiantes que buscan una vida mejor- con las de los habitantes de la ciudad, muchos de los cuales son igualmente olvidados por las decisiones de gobierno? Aquí, el permanente as bajo la manga de las autoridades es el descontento que la población urbana suele experimentar ante las acciones emprendidas por los normalistas. Así, la confrontación con el gobierno se disuelve muchas veces en el enfrentamiento de los pobres del campo con los pobres y las clases medias de la ciudad. En el caso de los eventos recientes, es altamente preocupante constatar que para más de un moreliano el gobierno debía tomar la Normal y acabar de una buena vez con una historia de suspicacia y resentimiento respecto a quienes ocupan las calles y provocan trastornos que afectan a los grandes comerciantes, pero también a los medianos profesionistas y hasta a los trabajadores más humildes de una ciudad que vive de su imagen turística. No debe ignorarse el hecho de que un ambiente favorable a la represión puede ser justamente lo que las autoridades requieren para buscar la legitimación de acciones que no debieran tenerla bajo circunstancia alguna. Y ese ambiente, respecto a la Normal “Vasco de Quiroga”, es algo que no necesita demasiado para aparecer.

            En pocas palabras: las demandas generales de los estudiantes no tendrían por qué entrar en choque con las demandas que de cualquier manera tienen también los habitantes del ámbito urbano. Los medios de lucha, en este sentido, se vuelven tan importantes como los fines. Los jóvenes parecen buscar apoyo entre el resto de la población y seguramente lo necesitan.  



III. LA FUERZA  DEL ESTADO.


Ars política.

            Pero cualquier cosa que pueda reprocharse a los estudiantes en sus acciones de protesta palidece ante lo que las autoridades –estatales y federales- enfrentan como responsabilidad ineludible. En un estado democrático legalmente constituido, los gobernantes sin duda disponen del monopolio de la fuerza como el último recurso para solucionar situaciones que pongan en riesgo a la sociedad. Las palabras clave en esta aserción son “último recurso” y “situaciones que pongan en riesgo a la sociedad”. Habrá que valorar qué tipo de riesgo enfrentaba la sociedad michoacana durante los días en cuestión, y también si el gobierno se encontraba efectivamente ante las condiciones que lo orillaran a echar mano de un recurso extremo.

            Los medios de comunicación debían dar cuenta, como lo hicieron, de la suspensión de las corridas de autobuses. Pero prácticamente nadie volvió la vista –más que oblicuamente, si acaso- al problema que provocó la reacción de los estudiantes. El desafortunado encuentro entre éstos y los responsables de la Secretaría de Educación estatal delata que el nuevo gobierno no parece distinguirse precisamente por su capacidad para enfrentar problemas que tendrían que resolverse por medio de la transparencia y la adecuada administración de los recursos. Nadie le regatearía el mérito a ese gobierno si hubiese conseguido hacer su trabajo con claridad y con eficacia desde el primer momento, y ese trabajo consistía en revisar respetuosamente las demandas más puntuales de la Normal. No ocurrió así, y el resto se convirtió en una espiral incontrolable.

            Una vez cometido el error inicial, el gobierno de Vallejo pareció debatirse acerca de la manera de atender la coyuntura. Las declaraciones de la titular de la SEE, del secretario de gobierno y del propio gobernador fueron un tanto erráticas, y por momentos no quedaba claro qué era exactamente lo que se estaba haciendo para destrabar la situación. Este desconcierto es menos preocupante, sin embargo, que la manera en que comenzó a entenderse a la altura del martes en la tarde la idea del ejercicio de la autoridad: presionado tal vez por los medios y por una parte de la opinión pública, pero sobre todo enredado en su propia inoperancia, el gobierno comenzó a coquetear con la idea de acabar de una buena vez con la Normal “Vasco de Quiroga”. La radicalización de las tácticas de los estudiantes a duras penas se corresponde con la decisión de enviar a Tiripetío no solamente al Grupo de Operaciones Especiales, sino a efectivos de la Policía Estatal Preventiva con sus armas de cargo. La tragedia estaba en ciernes, y la política como resolución de conflictos suscitados en la sociedad brillaba por su ausencia. 
           
            Ni siquiera habría sido noticia de primera plana el hecho de que las autoridades educativas iniciaran su gestión con una serie de mesas de diálogo. Pero todo salió mal y muy pronto se rebasó el ámbito de los problemas de la educación: en unas cuantas horas, el poder político mostró que tampoco la secretaría de gobierno era capaz de mitigar un conflicto que nunca tuvo por qué existir. Tal vez, habrá que decirlo, fue la disidencia magisterial la que hizo el trabajo que correspondería a los profesionales de la política.


La tentación de la sangre.

            El signo más preocupante, y el más negro de nuestros fantasmas, fue la tentación de usar la fuerza pública de manera perfectamente impropia para el caso. Sin excusar en momento alguno la retención de autobuses y demás, y suponiendo incluso que la acción política hubiese fracasado de cualquier manera –cosa que es justamente lo que está en cuestión- debe medirse con cuidado la respuesta policíaca ofrecida para un problema que en el fondo es político y social. En el peor de los escenarios, el gobierno pudo pensar en enviar a la fuerza que se supone especialmente capacitada para lidiar con grupos de descontentos que incurren en excesos: el Grupo de Operaciones Especiales. Pero, como se ha visto, el GOE constituyó tan sólo una parte de las fuerzas que rodearon la normal el miércoles 14 de marzo.

            Enviar a la Policía Estatal Preventiva y, por lo que se sabe, a agentes de la Policía Ministerial –dependiente de la Procuraduría General de Justicia del Estado- es ya bastante cuestionable. Pero las imágenes recogidas en la prensa indican no sólo la presencia de este tipo de agentes, sino que cargaban con los rifles AR – 15 reglamentarios cual si de un operativo en contra de peligrosos delincuentes armados se tratase. Los responsables de la decisión de enviar a estos otros cuerpos policíacos a Tiripetío deberían saber que, en medio de un eventual choque, alguien puede ponerse nervioso y utilizar su arma en contra de los protestantes, de quienes hasta el momento se sabe que a lo mucho contaban con colchones como barricadas inflamables y no mucho más que eso. El elemental respeto a los derechos humanos debiera disuadir de semejante idea.

            Pero en Tiripetío estaba además el helicóptero que rondaba en el aire y, lo más grave de todo, las fuerzas federales. Jesús Reyna habló de un operativo conjunto con la PF, que nunca se encontró plenamente justificado. Pero ya el viernes, en la entrevista con López Dóriga, Fausto Vallejo mencionó también al ejército. De nueva cuenta, las imágenes de la prensa muestran al menos a los miembros de la Policía Federal con sus rifles de cargo en las inmediaciones. ¿Qué era exactamente lo que se suponía que estas fuerzas tenían que hacer ahí, en caso de que se diera la orden de entrar a la Normal? Por lo que se sabe, el “riesgo” mayor que enfrentaba la sociedad en ese momento era que las corridas de autobuses no se reanudaran prontamente. Un asunto problemático y grave, pero sin duda no al punto de sitiar a unos muchachos –varios de ellos adolescentes- por aire y tierra. Si estos detalles se suman al equívoco proceder del gobierno del estado, no está de más preguntarse acerca de quién estaba al mando de la operación policíaca… y militar.

            El antecedente de la Autopista del Sol en Acapulco, donde la Policía Federal jugó también su papel, está ahí para interrogarse si el gobierno federal no estará tentado por la sangre en aras de algún tipo de legitimación –de la cual parece encontrarse urgido ante el fracaso de la lucha contra el crimen organizado. Es una tentación que no se justificará nunca. Los problemas de un gobierno no valen la sangre de nadie.


Policía Federal.